Autor : José Cavani Ríos,
Abogado
Diario : El Peruano - TRIBUNA LIBRE / OPINIÓN
Fecha : 24 de junio de 2001
"En el plano económico se percibe
con más claridad que en el político el sentido y el contorno
de la política, de sus hombres y de sus hechos" (José
Carlos Mariátegui)
Una de las medidas más importantes de nuestro
Gobierno de transición es el haber puesto en conocimiento general
la forma como se maneja la economía peruana, con lo que ayuda a
crear un clima de confianza en esta área tan importante, al incentivar
una participación más directa de los ciudadanos en el manejo
del plan económico y financiamiento del Estado.
El artículo 77 de nuestra Constitución
Política precisa que "la administración económica
y financiera del Estado se rige por el presupuesto que anualmente aprueba
el Congreso".
Dicho presupuesto es -a decir de Kurt Burneo-
"un instrumento esencial de política económica en toda
sociedad que expresa financieramente el plan de corto plazo del gobierno
y debiese reflejar los objetivos nacionales de mediano y largos plazo".
Por esto es también interpretado como "el límite máximo
de gastos autorizado".
El manejo de un presupuesto es de antigua data,
pero su regulación por el Estado encuentra su origen en Inglaterra
a la que se le atribuye haber vinculado la expresión presupuesto
(budget) con el gobierno de las finanzas estatales.
Sin embargo, es durante el reinado de Juan Sin
Tierra, en 1215, que por presión de los feudales, se estableció
que los gastos reales dejaran de ser secreto de Estado.
En el Perú, el gobierno de Ramón
Castilla -el 27 de marzo de 1848- da la primera Ley Presupuestal en la
que se rescata, como apunta el constitucionalista José Pareja Paz
Soldán, "la responsabilidad en el cumplimiento de las metas
a que esos fondos se han destinado".
Luego de la dación de esta importante norma
fueron significativos los avances legislativos en materia de regulación
del presupuesto hasta llegar a la reciente promulgación de la Ley
de Gestión Presupuestaria (2 de diciembre de 1999), que rescata
algunos principios rectores de este tema (integridad, exactitud, anticipación
y nulidad) sin darle énfasis a uno de los más importantes,
pero que en la actualidad tiene gran reconocimiento, como es el principio
de publicidad.
En su libro Finanzas públicas, Luciano
Castillo nos recuerda el valor del principio antes aludido: "Es en
rigor la forma positiva más importante del control directo de la
bolsa estatal por el pueblo en que reside la soberanía".
Del mismo modo, agrega que una exigencia de la
democracia es que las finanzas dejen de ser -como antaño- de manejo
exclusivamente reservado al gobierno, pues "la publicidad real del
presupuesto da una oportunidad a la crítica positiva que impide
el derroche de los recursos públicos".
En la misma línea, la publicidad de la
información económica del Estado peruano permite la permeabilidad
de éste para recibir la crítica al manejo de su política
financiera, más aún cuando se difunden las cuentas del Estado
a través de Internet, que de acuerdo con palabras del secretario
general de la Organización de las Naciones Unidas, Kofi Annan,
facilita "el vasto incremento de intercambio de información
y las comunicaciones transfronterizas" de tal manera que se hace
más evidente cualquier manejo inadecuado o acto de corrupción.
Así, las cuentas del Estado se vuelven
transparentes y es justamente como debe ser para que aquél pueda
cumplir con su función social de "favorecer la redistribución
de la riqueza y disminuir los desniveles en el tenor de vida". Frente
a esto, Raúl Ferrero, catedrático de la Universidad de San
Marcos, nos diría que la misión del Estado, entre otras
cosas, es ser el "defensor de los débiles y promotor del bien
común, todo lo cual le exige tener una política económica
y social", en esencia, brindar "libertad con seguridad económica".
El Perú vivió las duras consecuencias,
en varios ámbitos, del manejo oscuro de las finanzas públicas,
y es que, como remarca el economista Carlos Esteves, las dictaduras suelen
temer "la organización autónoma del pueblo", así
como "la fiscalización y rendir cuentas de su gestión".
Ejemplo de esto fue la incapacidad de afrontar
las secuelas del Fenómeno de El Niño, la debilidad militar
en el conflicto con el Ecuador y los reprochables casos de corrupción.
Así ocurrió en un Estado centralistas
que recortó autonomía a los municipios encargando la administración
de sus correspondientes recursos al Ministerio de la Presidencia.
Esto trajo como resultado la imposibilidad de
adoptar efectivas medidas preventivas contra desastres naturales, por
lo que, después de ocurridos éstos, sólo pudieron
dar simples paliativos o subsidios que no solucionaron el problema de
fondo de millones de familia sin viviendas ni trabajo y en desamparo.
De la misma forma, el Conflicto del Alto Cenepa
demostró lo mal equipadas que se encontraban nuestras Fuerzas Armadas.
Así, en plena guerra, "de 30 aviones Sukhoi, sólo tres
volaban". No obstante, se alzan voces que piden un recorte del presupuesto
destinado al sector Defensa (que ya había crecido desde el año
pasado de 17.7 a 20.4 por ciento), basándose en la inexistencia
de otros conflictos, sin tomar en cuenta el aporte de este ministerio
a la lucha contra las drogas, la delincuencia, los posibles rebrotes del
terrorismo y la disminución de la pobreza extrema en zonas alejadas
del país.
Por desgracia, la falta de racionalidad en el
gasto de Defensa e Interior se manifestó, de acuerdo con estudios
especializados, en que éstas se "han diluido en adquisiciones
de dudosa condición, en incalculables comisiones y en el montaje
de una estructura de poder corrupta", lo que nos lleva a pensar que
la solución a esto pasa más que por escindir su presupuesto
-ubicado muy por debajo de los estándares internacionales- en iniciar
un proceso de reestructuración de las Fuerzas Armadas.
Un conocimiento de las operaciones económicas
reales del Estado nos permite ver la coherencia entre lo que proponen
nuestros gobernantes y nuestras verdaderas capacidades financieras, además
de saber cuán cierto es que se pueda recortar el presupuesto a
sectores que no ayudan mucho al funcionamiento de la economía a
favor de los sectores relegados como educación, salud y asistencia
y prevención social. Así como la factibilidad de reasignar
los recursos hacia los gobiernos locales.
Así quedó demostrado y vivimos "en
carne propia" las consecuencias (pobreza y más desempleo)
de no tener una apropiada racionalización de los recursos del Estado,
a veces fruto de la falta de control directo y fiscalización de
la misma población o que su administración estuvo sólo
en manos del gobernante de turno, dando oportunidad a que se puedan alterar
maliciosamente algunas cifras.
Al conocer no tan sólo el Presupuesto Nacional
sino también los demás supuestos macroeconómicos
-como el Producto Bruto Interno, el tipo de cambio real, las exportaciones
e importaciones, el déficit fiscal, los ingresos tributarios y
la inflación- que conducen el comportamiento de la economía
en determinado período, podremos contribuir todos a la reforma
paulatina y eficiente de nuestros presupuesto, disminuyendo el impacto
recesivo que producirá eventuales recortes en el gasto del Estado,
con miras al tan anhelado crecimiento económico.
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